La segunda vuelta electoral en Perú llega en un momento de profunda incertidumbre y descontento social. La inseguridad y la constante crisis política han marcado la agenda ciudadana, mientras que la oferta electoral genera altos índices de rechazo. El país enfrenta la elección presidencial en un escenario polarizado y en medio de un elevado nivel de apatía, con una parte significativa del electorado contemplando el voto nulo o en blanco.

Desde 2016, Perú ha vivido una inestabilidad política sin precedentes, con ocho presidentes destituidos o forzados a renunciar debido a escándalos de corrupción y conflictos con el Congreso. Entre ellos destaca la destitución de Pedro Castillo, condenado por rebelión tras intentar disolver el parlamento. Su sucesión fue breve y conflictiva: Dina Boluarte asumió el cargo, pero también fue removida en medio de protestas masivas por el aumento de la criminalidad y la desconfianza popular. Actualmente, José María Balcázar ocupa la presidencia interina en un contexto de fragilidad institucional.

La alta inseguridad es la principal preocupación de los electores. Datos oficiales reflejan un aumento significativo en delitos como la extorsión, lo cual alimenta la crisis de confianza hacia las autoridades. Esta situación se refleja en la valoración negativa del gobierno actual, con una tasa de desaprobación cercana al 78%, mientras menos del 20% de la población aprueba su gestión.

En este clima, el balotaje enfrenta dos candidatos con perfiles opuestos: Keiko Fujimori, representante de una derecha ligada a una histórica dinastía política polémica, y Roberto Sánchez, un candidato de izquierda que busca consolidar apoyos en un electorado dividido. Según la última encuesta de CB Global Data, Fujimori lidera por un margen muy reducido, seguida de cerca por Sánchez; sin embargo, el panorama se complica por el elevado porcentaje de votantes indecisos, en blanco o viciados, que suman más del 25%, reflejando el desencanto con ambas opciones.

Este escenario resalta las dificultades para una recuperación institucional y la búsqueda de un liderazgo que enfrente tanto la inseguridad como la corrupción que ha debilitado la gobernabilidad durante años. La votación de este domingo será un termómetro clave para medir las expectativas y el nivel de confianza de la sociedad peruana ante una emergencia política y social en curso.