La tensión creciente entre grandes potencias como Estados Unidos y China está transformando el comercio mundial en un escenario cada vez más marcado por intereses geopolíticos. Durante décadas, el sistema multilateral, basado en reglas diseñadas para un contexto menos conflictivo, facilitó la apertura comercial y la integración global. Sin embargo, la combinación actual de rivalidades estratégicas y objetivos nacionales plantea serias dudas sobre la continuidad de esta cooperación.

La relación comercial entre estas potencias ya no es solo económica sino también política, con medidas que van más allá de la competición por mercados y buscan frenar avances tecnológicos de los competidores o controlar recursos críticos. Estas acciones coinciden con una creciente utilización de la política comercial para perseguir metas de seguridad nacional y consolidar poder estratégico, lo que modifica radicalmente las motivaciones detrás de políticas como aranceles y restricciones.

Tradicionalmente, la teoría económica del comercio internacional sostiene que los países adoptan políticas en función de la maximización del bienestar de sus ciudadanos, buscando mejorar términos de intercambio mediante acuerdos mutuamente beneficiosos. Sin embargo, en un contexto donde el poder relativo importa tanto como el beneficio absoluto, las decisiones comerciales también persiguen debilitar a los adversarios estratégicos. Esto provoca una dinámica de proteccionismo menos eficiente que puede afectar el bienestar global y fragmentar los vínculos económicos construidos en las últimas décadas.

Este fenómeno es especialmente evidente en sectores clave como la industria de semiconductores, en la que algunos gobiernos diseñan políticas para fortalecer su posición mundial mientras limitan la capacidad de sus rivales. Esta doble función de la política comercial, como instrumento económico y geopolítico, pone en cuestión la efectividad del marco institucional tradicional, basado en el Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) de 1947 y la Organización Mundial del Comercio (OMC) desde 1995.

Aunque la rivalidad geopolítica puede obstaculizar la cooperación, la investigación indica que aún es posible encontrar beneficios comunes incluso entre competidores estratégicos. Para esto, el sistema comercial internacional debe innovar y adaptarse, incorporando mecanismos que reconozcan la coexistencia de intereses económicos y estratégicos, y que permitan gestionar los conflictos sin sacrificar la integración ni el comercio global.