En días de calor intenso, como los que alcanzan o superan los 40°C, la idea de una ducha fría suele ser el primer recurso para mitigar la sensación térmica, pero la ciencia advierte que esta opción no siempre resulta beneficiosa para el organismo. Los especialistas sugieren que la temperatura ideal del agua debe estar entre tibia y templada, ya que esta permite una regulación más eficiente y gradual del calor corporal.
El cuerpo humano mantiene su temperatura interna cercana a los 37°C mediante la homeostasis, un proceso que incluye la dilatación de vasos sanguíneos de la piel y la sudoración para expulsar calor. Cuando el agua de la ducha es muy fría, se produce vasoconstricción, es decir, el estrechamiento de los vasos sanguíneos, que reduce la circulación en la superficie y atrapa el calor internamente, dificultando el enfriamiento. Además, tras una ducha con agua helada, el cuerpo puede generar más calor como respuesta compensatoria.
Por el contrario, una ducha con agua tibia, entre 25 y 35°C, según recomendaciones de entidades de salud pública, ayuda a eliminar el calor acumulado sin causar este choque térmico. Para potenciar la sensación de frescura, se aconseja terminar con un breve chorro de agua ligeramente más fría en áreas donde la circulación sanguínea es alta, como el cuello, las muñecas y los pies. Asimismo, evitar secarse completamente después incrementa la evaporación del agua residual, favoreciendo el enfriamiento natural.
El médico general Fernando Cardoso Oliveira subraya la importancia de otras medidas complementarias para afrontar el calor extremo: consumir líquidos aun sin sed, permanecer en ambientes frescos y ventilados, usar ropa ligera y de colores claros, limitar la actividad física en las horas más calurosas y procurar una alimentación rica en frutas y verduras con alto contenido de agua. También destaca la vulnerabilidad especial de personas mayores y niños a los efectos adversos del calor.